La ramita de Colibrí Lillith

"Sé tú mismo sin avergonzarte jamas de tus debilidades, ni de tus limitaciones, ni de tu origen, ni de tus capacidades. Sé transparente compartiendo con los demás tu yo profundo, tu rostro interior, tu vida genuina. Transparentar es ser lo más plenamente posible uno mismo ante la mirada del otro, sin máscaras." (El Club de los Poetas Muertos)

viernes, enero 20, 2006

Ésa era su rutina

jLa voz ruda y molesta cantaba sin vergüenza en el autobús. El conductor aguantaba con una paciencia de santo y una sonrisa que banalizaba la situación, explicando indiferente que cada día sucedía lo mismo, que ésa era su rutina. Al entrar, los pasajeros se sobresaltaban. Algunos fruncían la nariz con un gesto de desagrado, y, al sentarse, aún lo observaban disimuladamente por el rabillo del ojo, mostrando su asco y desprecio hacia aquel tipo. Otros preferían sentarse delante, cerca del conductor, por si acaso se metía con alguien. También tenía amigos, maleducados, que le saludaban dándole palmadas en el hombro y haciéndole preguntas insustanciales.

Pero él seguía, indiferente a los ojos expectantes y las caras de sorpresa, con su penoso talento de cantador ebrio. La boina negra, llena de polvo, casi grisácea, le disimulaba las canas de su cortísimo poco pelo. Los ojos parecían hundírsele en la cara, medio perdidos entre las arrugas y la barba de semanas. Llevaba un cigarrillo sin encender colgando de los labios, y se balanceaba de un lado a otro del pasillo del autobús, dirigiéndose ahora a un asiento, ahora al otro. Su ropa revelaba el día dedicado al vino, y el aliento a bebido se mezclaba con el sabor de tabaco.

- Ay, dame veneno que quiero morir, dame veneno... ay, que antes prefiero la muerte que vivir contigo... dame veneno, ay, para morir.

Alargaba los “ay” imitando a un cantante de flamenco, y alzaba la voz, pesada, vieja, gastada. Una chica que hablaba por el móvil comentaba “Sí, sí, es el Porras, que está aquí cantando”; otra de primera fila se giraba de vez en cuando riendo, y asomaba los ojos por encima del respaldo para verle mejor; los dos jóvenes que leían cómics de Naruto trataban de ser discretos, pero no podían evitar mirarse y reír a escondidas. El amigo de cabeza rapada, con un parche de Área en la cazadora, era el único que se atrevía a hablarle.

- ¡Pepe! ¡¿A dónde vas, Pepe?!

- A Castellar, ¿a dónde voy a ir?

Y en cada parada, con un cabreo inexplicable, el personaje mandaba al conductor que parara.

- ¿Va a bajar o no?

Y él se quedaba quieto, ofendido, soltando todos los insultos que le pasaran por la cabeza en ese momento.

- Hijo de puta, hombre, que eres un hijo de puta, gilipollas, vete a la mierda, cabronazo, hombre ya, joder, a la mierda, gilipollas, serás hijo de puta…

Y se acercaba poco a poco a las puertas abiertas de salida, agarrándose a todos los asientos, desequilibrado. Su cabeza parecía estar atraída hacia el suelo, adoptando todo su cuerpo una forma jorobada y débil. Andaban sus miembros cincuentones con un ritmo miserable, desgraciado. Al atravesar el autobús, seguía blasfemando, y desprendía el perfume a alcohol hacia todos los pasajeros. Llevaba una vieja chaqueta que revelaba no haber pasado por una lavadora desde hacía tiempo. Los pies andaban cansados sobre el suelo, desconcertados, imprecisos, con miedo a caer en cualquier momento.

Bajó.

Al cerrarse las puertas, el silencio tenso se acabó, y sonaron las carcajadas que habían estado aguantándose durante todo el viaje. Rieron sin escrúpulos ni penas, porque, ya lo sabemos todos, el alcohol da alegría.

martes, enero 10, 2006

Un intento de Grandes Esperanzas

Ahora mismo no puedo hablar, a pesar de que tengo pendiente comentar la última novela que leí, Grandes Esperanzas, de Dickens, pero ahora no puedo, me resulta imposible. Hay una avalancha de imágenes, de personajes y situaciones y, para qué mentir, de sentimientos hacia todos estos elementos que se precipitan sobre mi cabeza sin dejarme descansar o concentrarme en paz. Quisiera saber ordenar este huracán que revolotea por mi mente, quisiera saber describir todas las sensaciones que durante tantos días han llenado espacios en mi imaginación, que se han construido enfrente mío mientras devoraba páginas en el tren o en el autobús. Pero necesito un tiempo para digerir, aún saboreo en el paladar el final de la historia, y en este empache de palabras, me temo que me quedé sin las mías. Por eso he copiado este fragmento, que aparece en el Capítulo VIII de la novela, cuando Pip, el protagonista, un niño que no ha cumplido aún los diez años, llega a casa de la señorita Havisham, uno de los personajes que no me puedo quitar de la cabeza, a la que aún no he sabido si calificar de loca, bruja o pobre desgraciada.



“Vestía un traje muy rico, todo blanco, de raso, encajes y sedas. Calzaba zapatos blancos. Llevaba un largo velo blanco sujeto al pelo y flores nupciales le adornaban el cabello, pero éste era cano. Algunas relucientes joyas brillaban en su cuello y en sus manos, y otras centelleaban sobre la mesa. Por doquier aparecían esparcidos vestidos, menos espléndidos que le que llevaba puesto, y maletas a medio hacer. No había acabado de vestirse del todo- le faltaba un zapato y el otro estaba en la mesa, junto a su mano- el velo estaba a medio poner, no llevaba ni el reloj ni la cadena, y junto a éstos, en amontonado revoltijo cerca del espejo, se veían algunos encajes, el pañuelo, los guantes, unas flores y el misal.

Vi todas estas cosas en los primeros momentos aunque me hice cargo de más de lo que podía suponerse. Sí noté también que todo lo que debía ser blanco, lo había sido antaño y ahora había perdido el lustre y estaba descolorido y amarillento. Observé que la novia que vestía el traje nupcial se había marchitado igual que el vestido y las flores, y que ya no le quedaba más lozanía que el brillo de sus ojos hundidos. Vi que un día el traje habiá cubierto la redondeada figura de una joven y que ahora colgaba de un cuerpo encogido, reducido a piel y a huesos. Una vez me habían llevado a ver unas horrendas figuras de cera en la feria, que representaban a no sé qué imposible personaje que yacía muerto en traje de ceremonia. Otra vez me habían llevado a una de las iglesias de los marjales para que viera un esqueleto envuelto en las cenizas de un rico vestido, qu ehabían desenterrado en una bóveda que encontraron bajo el pavimento de la iglesia. Ahora, la figura de cera y el esqueleto parecían tener ojos que se movían y me miraban. De haber podido, hubiera gritado.(…)

- Acércate. Déjame que te vea. Ven aquí

Fue cuando estuve ante ella, esquivándole la mirada, cuando pude tomar nota detalladamente de los objetos que la rodeaban y vi que su reloj de pulsera se había parado a las nueve menos veinte, y que otro reloj que había en la habitación también estaba parado a las nueve menos veinte.

- Mírame – dijo la señorita Havisham - ¿No tienes miedo de una mujer que no ha visto el sol desde que tú naciste?

Lamento confesar que no tuve miedo de decir la enorme mentira comprendida en la respuesta:

- No
- ¿Sabes lo que toco aquí? – preguntó, poniendo ambas manos, una encima de la otra, sobre el lado izquierdo de su pecho.
- Sí, señora
- ¿Qué es lo que toco?
- Su corazón
- ¡Destrozado!"


Art by Katy Jackson