
Diana decidió casarse con su cuerpo poco después de unas reflexiones en clase de filosofía. El profesor, en una extraña rabieta consigo mismo, gritó algo así como “Y nos levantamos cada mañana, y en el espejo nuestra cara, y cuando nos vamos a dormir, lo mismo, y al día siguiente, lo mismo… ¡Y así tendremos que aguantarnos hasta el momento de nuestra propia muerte!”. Fue entonces cuando Diana fue consciente de la enorme deuda que debía a su cuerpo, que la acompañaba desde que nació, y seguiría así hasta el momento de su muerte, siéndole fiel como nadie nunca podría serlo. Dada la confianza que el cuerpo de Diana había depositado en ella, ella decidió corresponderle en esa ciega fidelidad.
Así Diana empezó a amarlo, a mimarlo. Apartó de su cuerpo todo lo que pudiera resultarle nocivo, como el humo, el alcohol o los rayos de sol a grandes dosis. Cada mañana, al levantarse, lo estiraba, entero, brazos, piernas y espalda. De este modo lo oxigenaba, sintiendo su sangre circular y dar vida a todos sus miembros. Decidió que no bañaría más su cuerpo en productos desconocidos, por lo que comenzó su estudio y elaboración de productos artesanales. Su abuela le enseñó a fabricarse jabones, cremas y otras recetas mágicas naturales. Cuando algún chico la acariciaba, notaba en seguida su piel aseada en aceites vegetales, brillante y pulcra. Al pasar rozando a alguien en los asientos del cine o el autobús, el olfato de sus acompañantes se encendía al percibir el perfume de rosas frescas que exhalaba gracias a su nuevo champú. Y los pocos chicos que pudieron besarla quedaban maravillados relamiéndose los labios de dulce sabor a miel, que usaba ahora Diana en lugar del cacao que compraba en la farmacia.
Cuanto más se conocía y más se cuidaba, más amaba su cuerpo. Definitivamente era su mejor amante, y lo mantenía siempre ideal, perfecto, bello y limpio. No volvió a depilarse, y borró totalmente de su cabeza la idea de agujerearse el cuerpo o tatuarse cualquier motivo. A pesar de que sus amigas le sugerían bonitos tribales o flores con henna, Diana se negaba rotundamente, ofendida. Amaba a su cuerpo por lo que era, por lo que tenía, y maquillarlo, esconderlo después de toda la belleza que en él habitaba, hubiese sido algo así como un sacrilegio, como sustituir una obra de arte producto de la naturaleza por una mala imitación de aquella obra.
Conocía bien todas sus partes. Le encantaba el puente de sus pies, la perfecta curva que lo formaba, y los graciosos dedos que se movían pequeños y discretos. Acariciaba su tobillo con suavidad, y reseguía toda su pierna, enamorada del largo camino hacia sus rodillas, peluda y natural, como a su cuerpo le gustaba sentirse. Los muslos femeninos, mediterráneos, con alguna que otra estría, y un cierto tacto a piel de naranja, envolvían el rizado y oscuro vello del pubis. Su ombligo, centro del macizo vientre, fuerte, que algún día sería el acogedor hogar de una criatura, la hechizaba cuando se descubría bailando inconscientemente al terminar de ducharse. Hechizada la dejaba, de hecho, todo su torso desnudo, y se ruborizaba, al sentirse observada por aquellos dos pezones rosas, sugerentes, como fresas. Coronaban estas fresas dos hermosos montículos, delicados y suaves, que caían con la fuerza de su propio peso formando lindas curvas. No tenía palabras para describir sus hombros, que aparecían espléndidos y tentadores, acompañando su cuello en el que cualquier vampiro hubiese querido quedarse enganchado. Se sentía francamente irresistible, bellísima. Incluso sus cejas pobladas, su nariz chata, las dos pecas que tenía en la barbilla… Todo le parecía perfecto, estaba realmente enamorada de su cuerpo.
Foto: "Narciso" de Michael Nicolas-Bernard Lepicie (1771)