La bestia que pidió amor a gritos en el corazón del mundo

“Estaba escrito: el ángel caído se convierte en el espíritu del mal. Pero él, enemigo de Dios y de los hombres como fue, tiene amigos que le consuelan en su desolación, mientras que yo estoy completamente solo.”
("Continuación del diario de Robert Walton", Frankenstein, de Mary SHELLEY)
Este proscrito, más que ser un producto terrible de la ciencia, a mí, personalmente, me recordó al hombre en su estado natural. Me recordó a nuestra naturaleza, porque eso es lo que es: un niño, en su estado más inocente, bondadoso. Así era la obra de Frankenstein, la llamada “bestia”. Su corazón se presentaba generoso y puro, con la curiosidad e inquietud propias de las criaturas que dan sus primeros pasos por el mundo, asombrados. Está a cero, no conoce nada, y quiere conocerlo todo. No juzga nada, y se comporta como un ser amoral, blanco, y tiernamente entrañable. Por eso lo asocié con el hombre salvaje de Rousseau. El hombre que no es bueno ni malo, es, sencillamente, cándido, nuevo, sin prejuicios. No es moral ni inmoral, es amoral ya que tampoco tiene conciencia de lo que es bueno o lo que es malo. Y para actuar de una manera moral o inmoral necesita contacto con otro ser humano, seres a los que evitará durante años, por miedo a ser excluido.
Sin embargo, cuando este tímido y miedoso ser empieza a conocer a otras personas, cuando empieza a espiar a sus nuevos vecinos, se llena de un extraño sentimiento que mezcla el amor, el gozo y el cariño. Su curiosidad va más allá de conocer el lenguaje humano o la forma de conseguir alimento. Su curiosidad explora los aspectos más espléndidos del ser humano. Y se sorprende, se emociona, se enternece cuánto más conoce la pequeña familia que vive en aquella casita pobre del bosque. Les observa y les escucha día y noche, y cuánto más sabe de ellos, cuánto más aprende, más les ama y trata de ayudarles. Y así, por los ojos de ese ser, les veo, me veo, nos veo. No estudia a unos sujetos excepcionales ni fuera de lo común, explora a tres personajes, una pequeña familia, una pequeña muestra de la humanidad, y le fascina. Esta bestia que será tratada de impura, de monstruosa, de terrorífica, de enemiga, será la que más adore las virtudes que todos los seres humanos poseemos.
Por eso, esta sencilla bestia queda totalmente desconcertada y confusa al tener sus primeros contactos con otras personas. Los gritos, los insultos, los golpes, los puñetazos, los puntapiés… son totalmente inesperados, decepcionantes. Y queda la bestia llorando, en el suelo, débil, sola, triste. Él mismo confesó haberse asustado al ver su rostro reflejado en el agua, midiendo su valor por su aspecto en lugar de por su interior. Entonces, ¿cómo iba a ser aceptado por los demás? Y ahí llega a sorprenderse tanto, tantísimo, que durante el resto de la novela no dejará de preguntarse cómo el ser humano, tan fabuloso e increíble, es capaz de ser tan despiadado y cruel con una bestia inocente como él.
“¿Cómo podría llegar a tu alma? ¿No hay palabras suficientes para hacerte comprender que debes volver tus ojos hacia una criatura, tu propio hijo, que te implora bondad y compasión? Créeme, Frankenstein, mi alma era amorosa; pero, ¿no ves que estoy irremisiblemente solo? Si hasta tú, mi creador, me aborreces, ¿qué crees que puedo esperar de tus iguales, que nada me deben? El desprecio y el miedo es lo que experimentan ante mí, tan sólo los glaciares y las altas montañas son mis compañeros, mi refugio. Hace días que ando por estas soledades, viviendo en grutas heladas; son el único sitio donde me siento seguro, los únicos parajes que el hombre no me niega. El cielo gris, la nieve, todo esto, merecen mi respeto y mi adoración porque me tratan con más consideración que tus propios semejantes. Si las gentes supiesen de mi existencia harían lo mismo que tú: levantarían su brazo contra mí”
("Capítulo X", Frankenstein, de Mary SHELLEY)
Así se convierte la cándida bestia en una bestia solitaria, vagabunda, miserable… y al final, bastante en contra de su voluntad, en cruel, despiadada y temible. Por eso, la bautizo así, como la bestia que, por su aspecto, es privada de felicidad y faltada de amor, aunque sea lo único que desee. Es feo, sí; deforme, tal vez; grandullón, claro… Es la obra maldita del doctor Frankenstein: una bestia, un monstruo, o, mejor dicho, gracias al trato con la sociedad, la transformamos en una bestia, en un monstruo.





