La ramita de Colibrí Lillith

"Sé tú mismo sin avergonzarte jamas de tus debilidades, ni de tus limitaciones, ni de tu origen, ni de tus capacidades. Sé transparente compartiendo con los demás tu yo profundo, tu rostro interior, tu vida genuina. Transparentar es ser lo más plenamente posible uno mismo ante la mirada del otro, sin máscaras." (El Club de los Poetas Muertos)

lunes, noviembre 28, 2005

Pequeño canto a un otoño imperceptible


Con tus pinceladas pardas y rojizas das color a las calles, pinceladas que crecen entre el verdor de las hojas, pinceladas que caen en el gris de la acera. Das la viveza ideal a una foto en blanco y negro, y tus tonos me acogen con un cálido abrazo. Al verte, el deseo de rodearme de tu calor me crece. Con guantes, con bufanda, con olor a castañas tostadas recibo calurosamente el otoño, recibo entusiasmada y viva tus colores, y quedo fascinada con el arte pictórico de la naturaleza reflejado en los árboles y en las hojas. Adoro el crec-crec de mis zapatos al ir andando por la acera, el crec-crec que rompe hojas, y el sonido de éstas al soplar el viento. Las calles quedan pintadas por esta estación, y quedan las ciudades con un equilibrio y una armonía sospechosamente acogedora.

Sin embargo, esta pequeña delicia que aguda los sentidos y levanta el corazón apareció, cayó y se desvaneció en unas pocas horas. Cada mañana se limpian las calles, y cuando se limpian las calles no se limpian solamente de colillas, papeles o bolsas, no se limpian solamente de los residuos de los humanos, sino que también se limpia, especialmente, de los frutos de los árboles. Se limpian las calles de las hojas caídas, rojas, amarillas, marrones, se limpian las calles de las modestas obras de arte que la naturaleza deja caer de vez en cuando, se limpian, en definitiva, de la poca belleza salvaje y pura que asoma por las calles grises.

domingo, noviembre 20, 2005

Esbozo sobre un poema


Cómo era
Dámaso Alonso

¿Cómo era, Dios mío, cómo era?
Juan Ramón Jiménez.

La puerta franca.
Vino queda y suave.
Ni materia ni espíritu. Traía
una ligera inclinación de nave
y una luz matinal de claro día.

No era de ritmo, no era de armonía
ni de color. El corazón la sabe,
pero decir cómo era no podría
porque no es forma, ni en la forma cabe.

Lengua, barro mortal, cincel inepto
deja la flor intacta del concepto
en esta clara noche de mi boda,

y canta mansamente, humildemente
la sensación, la sombra, el accidente,
mientras Ella me llena el alma toda.
(De «Poemas puros. Poemillas de la ciudad»)

Visión general del poema:

Habla sobre algo imperceptible, y, a la vez, infinitamente puro, infinitamente limpio que, a pesar de su discreción, le llena "el alma toda".

Ideas que sugieren los versos:

Cita a Juan Ramón Jiménez, máximo representante de la poesía pura.

Una luz matinal de claro día: es virginidad, nitidez, y que, no sólo brilla y nos ilumina, sino que también señala el nacimiento de algo nuevo: un amanecer, una albada.

Ni ritmo, ni armonía, ni color, ni forma…: elimina los rasgos sensoriales, es un algo etéreo, un algo vaporoso, intocable. Es un algo que se nos aparece, se nos descubre, nos llena, tan limpio, tan todo... Sin embargo, es un algo escurridizo, alcanzable, pero imposible de cazar, de guardar.

El corazón la sabe: Sólo el corazón la sabe, sólo el corazón la siente, sólo él la percibe. ¡¿Cuán valiosa debe ser, pues, éste algo etéreo?!

Lengua, barro mortal, cincel inepto: son instrumentos para moldear, para crear, para expresar. Son las herramientas del artista, como los colores, como las palabras.

La flor intacta del concepto: la pureza, la sencillez, la nitidez, la esencia.

Y canta… y me llena el alma toda.

Interpretación:

¿Quién es Ella? Mi inspiración.

Ahora no es sólo que sea imperceptible, es que está ausente e, incluso, llego a dudar de su existencia.

Y cuánto la echo de menos…


(… al igual que echo de menos mis clases de literatura en las que analizábamos poemas a través de lluvias de ideas)

domingo, noviembre 13, 2005

Un infiel Narciso arrepentido (Parte I)


Diana decidió casarse con su cuerpo poco después de unas reflexiones en clase de filosofía. El profesor, en una extraña rabieta consigo mismo, gritó algo así como “Y nos levantamos cada mañana, y en el espejo nuestra cara, y cuando nos vamos a dormir, lo mismo, y al día siguiente, lo mismo… ¡Y así tendremos que aguantarnos hasta el momento de nuestra propia muerte!”. Fue entonces cuando Diana fue consciente de la enorme deuda que debía a su cuerpo, que la acompañaba desde que nació, y seguiría así hasta el momento de su muerte, siéndole fiel como nadie nunca podría serlo. Dada la confianza que el cuerpo de Diana había depositado en ella, ella decidió corresponderle en esa ciega fidelidad.

Así Diana empezó a amarlo, a mimarlo. Apartó de su cuerpo todo lo que pudiera resultarle nocivo, como el humo, el alcohol o los rayos de sol a grandes dosis. Cada mañana, al levantarse, lo estiraba, entero, brazos, piernas y espalda. De este modo lo oxigenaba, sintiendo su sangre circular y dar vida a todos sus miembros. Decidió que no bañaría más su cuerpo en productos desconocidos, por lo que comenzó su estudio y elaboración de productos artesanales. Su abuela le enseñó a fabricarse jabones, cremas y otras recetas mágicas naturales. Cuando algún chico la acariciaba, notaba en seguida su piel aseada en aceites vegetales, brillante y pulcra. Al pasar rozando a alguien en los asientos del cine o el autobús, el olfato de sus acompañantes se encendía al percibir el perfume de rosas frescas que exhalaba gracias a su nuevo champú. Y los pocos chicos que pudieron besarla quedaban maravillados relamiéndose los labios de dulce sabor a miel, que usaba ahora Diana en lugar del cacao que compraba en la farmacia.

Cuanto más se conocía y más se cuidaba, más amaba su cuerpo. Definitivamente era su mejor amante, y lo mantenía siempre ideal, perfecto, bello y limpio. No volvió a depilarse, y borró totalmente de su cabeza la idea de agujerearse el cuerpo o tatuarse cualquier motivo. A pesar de que sus amigas le sugerían bonitos tribales o flores con henna, Diana se negaba rotundamente, ofendida. Amaba a su cuerpo por lo que era, por lo que tenía, y maquillarlo, esconderlo después de toda la belleza que en él habitaba, hubiese sido algo así como un sacrilegio, como sustituir una obra de arte producto de la naturaleza por una mala imitación de aquella obra.

Conocía bien todas sus partes. Le encantaba el puente de sus pies, la perfecta curva que lo formaba, y los graciosos dedos que se movían pequeños y discretos. Acariciaba su tobillo con suavidad, y reseguía toda su pierna, enamorada del largo camino hacia sus rodillas, peluda y natural, como a su cuerpo le gustaba sentirse. Los muslos femeninos, mediterráneos, con alguna que otra estría, y un cierto tacto a piel de naranja, envolvían el rizado y oscuro vello del pubis. Su ombligo, centro del macizo vientre, fuerte, que algún día sería el acogedor hogar de una criatura, la hechizaba cuando se descubría bailando inconscientemente al terminar de ducharse. Hechizada la dejaba, de hecho, todo su torso desnudo, y se ruborizaba, al sentirse observada por aquellos dos pezones rosas, sugerentes, como fresas. Coronaban estas fresas dos hermosos montículos, delicados y suaves, que caían con la fuerza de su propio peso formando lindas curvas. No tenía palabras para describir sus hombros, que aparecían espléndidos y tentadores, acompañando su cuello en el que cualquier vampiro hubiese querido quedarse enganchado. Se sentía francamente irresistible, bellísima. Incluso sus cejas pobladas, su nariz chata, las dos pecas que tenía en la barbilla… Todo le parecía perfecto, estaba realmente enamorada de su cuerpo.

Foto: "Narciso" de Michael Nicolas-Bernard Lepicie (1771)