La ramita de Colibrí Lillith

"Sé tú mismo sin avergonzarte jamas de tus debilidades, ni de tus limitaciones, ni de tu origen, ni de tus capacidades. Sé transparente compartiendo con los demás tu yo profundo, tu rostro interior, tu vida genuina. Transparentar es ser lo más plenamente posible uno mismo ante la mirada del otro, sin máscaras." (El Club de los Poetas Muertos)

miércoles, septiembre 28, 2005

Mi leyenda de Lillith (Parte IV: Búho)

Lillith y Samael no tardaron en recibir las noticias del Paraíso, de la nueva hembra, tontaina, dócil e insegura, que acompañaba a Adán en su tranquila vida junto a Dios. Por una desconocida e inexplicable razón, tanto Lillith como Samael se compadecían de aquellos seres, que vivían como bestias, ignorantes y felices. Y así, por pena, por ternura, por fraternidad, por no saben aún qué misteriosa razón, quisieron compartir con ellos sus conocimientos, todo lo que habían aprendido fuera de la tierra sagrada.

Gracias a su experiencia en el mundo de la magia, de la hechicería, de la naturaleza, de la sabiduría en general, consiguieron crear un árbol, un precioso y formidable árbol cuyos frutos contendrían lo que Adán y Eva les faltaba: dudas para cuestionarse las cosas.

Nació y creció en una sola noche el tan esperado árbol, hermoso, sano y fuerte: el árbol de la ciencia. Y Lillith, en forma de serpiente, despertó al día siguiente enroscada en las ramas del árbol, esperando, paciente y esperanzada. Al fin apareció Eva, la pequeña Eva, con su rostro inocente y sus suaves curvas de mujer virginal. Lillith mostró el tentador fruto del árbol a Eva: la manzana. Se la ofreció, se la regaló, pero Eva se negaba tozudamente.

Al final, por oratoria, por tentación, por encanto, Eva acabó convencida y cogió temerosa e insegura una de las manzanas que colgaba espléndida del manzano. La observó luminosa, radiante. Tenía un aspecto sano y rico. Y la probó. La probó y su cara expresaba todo el jugo y el sabor del fruto recorriéndole el cuerpo. Aquella delicia que su boca tenía el placer de probar parecía mucho más rica, seguramente, por ser la fruta prohibida. Eva sonrió a Lillith por haberla convencido para probar la fruta, y Lillith se sintió victoriosa. Ya había cumplido con su deber, y había mostrado el camino hacia las dudas, la curiosidad, la ciencia, la luz, la sabiduría.

Cuando Lillith, abandonando su forma de serpiente, de tentación, se dispuso a dar media vuelta para volver, sintió un terrible trueno que ensordeció todo el Jardín. De repente el cielo se apagó y las nubes lo cubrieron. Un relámpago llamó la atención de Lillith. Dios estaba enfadado, ofendido, molesto, rabioso. Iluminó a Lillith con un solo rayo y le dictó su sentencia. Ella temblaba y sus piernas a penas la podían aguantar. Se sentó en el suelo llorando, escondiendo la cabeza, sintiéndose totalmente impotente y frágil, rota. Otra vez deseaba huir, correr, escapar. Su corazón pudo más que su mente y su fuerza creció escapándose por un pequeño hueco de esperanza. Sin poder aguantarlo más soltó un fuerte chillido de desahogo y otra vez le volvieron a surgir las alas… negras. Ella se asustó al contemplar el oscuro color pero no por eso decidió ceder a la petición de Dios. Intentó escaparse, y voló lejos, hacia arriba hacia arriba, flotando.

Mientras las lágrimas se desvanecían temblorosas en el aire sentía que el corazón cada vez le pesaba más y más, y quería dibujar una sonrisa en su cara como la última vez, pero su cuerpo y su alma habían perdido la fuerza. En un ataque furioso del Todopoderoso la figura de Lillith se fusionó con la nada hasta quedar desvanecida.


Lillith fue ahogada en la oscuridad. La luna sería su madre y su espíritu no sería más que una sombra. Sólo aparecería en la penumbra, discreta, como una ilusión, como un sueño, en las silenciosas noches de luna nueva. Es en esas noches cuando solamente se siente su presencia y puede agradecer el no haber muerto del todo. Todas las estrellas brillan en su máxima pureza y así la gran hija de la noche se siente acompañada. Es la esencia de las tinieblas, el corazón de la noche. Le gusta contemplar el silencio, y respirarlo, porque es lo único que le queda.

Su amante Samael se hundió tanto en su desamparo, en su miseria, que su cuerpo cada vez se sentía más debilitado. Al volver a sentir de cerca su amada por las noches, se fue adentrando hacia ese mundo oscuro y siniestro. Toda su vida era la noche y todo su mundo era Lillith… Las lágrimas y la rabia de Samael resonaban por todas partes, hasta tal punto que todo el mundo empezó a temerle, y circularon falsas leyendas, que aún duran, sobre la maldad de aquel ser, corren tantas leyendas como nombres atribuidos a su persona: le llamaron Satanás, Diablo, Mefistófeles, Lucifer, por traer la luz… Y todo el mundo temblaba y tiembla aún ahora cuando oye llegar al Príncipe de las Tinieblas, aullando como un lobo solitario, desamparado, culpable por haber compartido con Lillith su sabiduría, sus conocimientos, y con el corazón roto por haberla amado tanto.


Sobre la historia de Lilith:

Y aquí termina "MI leyenda de Lillith" :) Tal y como os dije, ésta es mi versión de dicha leyenda. Conocí esta historia a través de un manga, Neon Genesis Evangelion, en el que nombraban a Lilith como primera mujer del mundo. Busqué más información y, efectivamente, existen rumores de que circuló una primera Lilith por una Biblia perdida durante la Edad Media. Aún ahora, en la Biblia que tengáis por casa, podréis ver como al principio se dice algo así como "Y Dios creó al hombre y la mujer, hombre y mujer los creó para que se amaran", más adelante, podréis ver como dice "Y como Adán se sentía solo entre las bestias, el Señor creó una compañera para Adán qeu salió de su costilla, 'Se llamará varona, porque sale del varón'". Hay, claramente, un buen cacho recortado.

Muchas versiones hay sobre el porqué Lilith abandonó el Paraíso: porque era malvada y fue expulsada, porque no quería dar un hijo a Adán, porque se sentía más inteligente que él... La más curiosa es la que dice que Lilith no estaba dispuesta a hacer el amor recostada, ya que le resultaba ofensivo. Esta versión sigue explicando cómo Lilith abandona el Paraíso para dirigirse al Mar Rojo en el que hay herejes que hacen el amor dejando a la chica encima, acción que se consideraba de bruja, hechicera, o ser malvado en general.


La parte de la serpiente y la manzana también la comparten la mayoría de las leyendas: Lilith era la rebeldía, la tentación, la serpiente. Al final, en todas las versiones que conozco, Lilith termina siendo un ser más del Infierno, cruel, malvado, oscuro... incluso Vampiresa en algunas ocasiones. Por eso a tantas góticas les gusta ponerse ese nombre.


Hay otras partes de la historia que me las he sacado de la manga o las he modificado, porque me gustan mas así, porque yo las veo y las siento así, y cuando doy a conocer la historia me gusta mostrar la fuerza, la sabiduría, la bondad, la dignidad, la libertad y el corazón de Lillith :)

viernes, septiembre 23, 2005

Lamia, la belle dame sans merci

Cuentan que su voz cristalina podía llegar a los oídos de cualquier hombre que cabalgara con el peso de un corazón apenado. Era una voz dulce, seductora, que penetraba bosques, que cortaba el viento, y mataba corazones. Cualquier hombre, por muy valiente, por muy rico, por muy apuesto y por muy seguro de si mismo que fuera, era incapaz de huir de los encantos de Lamia.

Cuando Lamia cantaba, nadie se le resistía. Lamia, aquella hermosa y desalmada hada que habitaba en la espesura de la vegetación silvana. Felina, se movía por los bosques con una agilidad digna de un depredador hambriento, pero cauto. Buscaba a su presa, a su hombre, a su amante, a su enamorado, no importa, cada noche era uno distinto, y todos la dejaban con hambre. Al encontrarlo, cantaba, tarareaba, entonaba enigmáticas melodías, pocos lo recuerdan ya, pero su voz era un hechizo que conducía a los hombres a su lago, a su tela de madame araña, para aparecérseles, para descubrírseles, para atraparlos.

Era difícil no caer en los enredos de sus manipulaciones. Su aspecto era tan inocente, lozano, sencillo, fresco, de niña, de jovencita, de virgen cándida y pura, que ningún hombre podía creer que hubiese maldad tras aquella dulce apariencia. Los ojos de Lamia eran dos impenetrables pupilas de un frío azul cautivador, llenos de una extraña fuerza sobrenatural. Y más abajo, con suavidad, con delicadeza, cantaban unos labios rosados y carnosos, siempre húmedos. Y de sus labios, salía aquella voz de hechicera, que a menudo acompañaba con una sonrisa, sonrisa que escondía sus garras de hada desalmada.

Triste era también la historia de Lamia, la belle dame sans merci, condenada a vivir sola, vagabundeando entre vegetales y animales, como castigo por su codiciada belleza. Por eso atraía a los caballeros, a los hombres, sedienta de compañía, de caricias, de besos… de amor. Lo que ellos no sabían era que Lamia no sólo los saborearía, sino que también los absorbería, bebería su esencia, consumiría sus fuerzas, y devoraría sus corazones.

Sólo los hombres entienden qué poseía aquella nínfula, aquella fémina sedienta y solitaria, pero especialmente atractiva, porque pocos volvieron de sus brazos, y a otros muchos los volvió locos.

Sé que hoy me tocaba terminar mi historia de Lillith, pero espero que no os importe hacer una pequeña pausa con esta otra historia de Lamia. Se trata de un ser mitológico de la tradición griega: Lamia fue la primera vampiresa, que seducía a los hombres y les chupaba la sangre hasta matarlos. Existen muchas versiones, incluso hay Lamias en la mitología vasca, pero son totalmente distintas a estas. Hay muchas Lamias por el mundo, id con cuidado.

Los cuadros son de Waterhouse, uno de mis pintores favoritos. Para estas Lamias se inspiró en un poema de John Keats " Belle dame sans merci", que cuenta la historia de Lamia en una ambientación medieval. Hay pinturas preciosas que están por el título de "Lamia" o "Belle dame sans merci".

miércoles, septiembre 21, 2005

Mi leyenda de Lillith (Parte III: Cuervo)

Despertó en medio de lo desconocido a la sombra de un enorme roble. Cansada de cuerpo, pero con el corazón ligero, subió volando para divisar mejor el lugar en el que se encontraba. Unos grandiosos pinos y robles se alzaban majestuosos en un bosque largo y limpio en el que habitaban vulgares bestias. Había un grupo de jóvenes sentados en un claro del bosque. Ella se acercó, tímida pero decidida. Eran unas cinco personas, no se sabía si eran hombres o mujeres. Llevaban el pelo largo e iban desnudos. Estaban cantando canciones que Lillith jamás había oído, canciones que sonaban celestiales pero tenían un cierto aire a abandono. Eran ángeles caídos.

Aquella noche bailó para ellos y ellos la contemplaron y acompañaron en sus danzas. Cantaron bajo de la luz de la luna. Hicieron una enorme hoguera y sus cuerpos se juntaron para gozar de aquel placer prohibido en el Edén, con sus juegos, con todas sus posturas. Hicieron el amor todos con todos, se amaron y se desahogaron, lloraron y rieron, cantaron y callaron. Sus corazones compartían aquel sentimiento de rechazo que les había llevado a estar donde estaban.

Samael, un ángel del Señor de la Luz, también llamado Lucifer, cayó prendado de Lillith. Con el tiempo, Lillith se convirtió en la amante de Samael. Pasaban las noches juntos, desnudos, atados el uno al otro, riendo y soñando. Él le contaba historias fantásticas y la introdujo en el mundo de la magia y la brujería. Disfrutaban tanto el uno del otro y les gustaba tanto beber su esencia que Lillith se olvidó rápidamente de todo lo que había vivido antes de conocerlo, de sus años en el Edén y sus vivencias con Adán.

A Samael, Lillith le dio tres hijos medio dioses, medio humanos, que fueron llamados los "nephilim". Su inteligencia, poder y belleza era tan grande que los hijos de la oscuridad se asustaron tanto de ellos que les pusieron nombres monstruosos para injuriarlos. Pero Lillith no pudo ser injuriada. Su belleza, su seguridad, sus conocimientos, su dignidad la hacían poderosa y todos la respetaban, algunos con miedo, otros con admiración.

Mientras, en el Paraíso, Adán cada vez estaba más triste, sumergido en los recuerdos de su vida con Lillith. El Todopoderoso envió a los ángeles para que le pidieran que volviera, pero ella se negó, enfadada, digna, orgullosa. Ante esta actitud, el Señor vio que lo mejor que podría hacer sería crear a otra mujer: Eva. Esta vez la hizo a partir de una costilla de Adán, para que dependiera más de él y no tuviera la necesidad o el deseo de abandonarlo. “Se llamará mujer, porque viene del hombre”. Así nació Eva, la otra hermana de Adán. Ésta lucía un largo cabello rubio con suaves ondas. Tenía los ojos de color azul cielo y unos labios dulces y finos. Unas mejillas rosadas y unos dientes como perlas iluminaban su cara. Su cuerpo era hermoso, pero no excitante. Cuando vio a Adán quedó totalmente enamorada de él, no dudó en entregarle su corazón para siempre.

sábado, septiembre 17, 2005

Mi leyenda de Lillith (Parte II: Águila)


Aunque Adán y Lillith se amaban como dos buenos hermanos, el Señor de la Luz no estaba lo suficientemente contento con su comportamiento. Así pues, para fortalecer la relación entre la pareja y por el bien de la especie, decidió que lo mejor que podían hacer era tener un hijo.

Se citaron debajo del gran sauce aquella misma noche. Lillith decoró su cuerpo con gena y flores para tener un aspecto más sensual, deseaba ansiosa aquella noche de ardiente pasión y erotismo. Adán la esperaba algo nervioso. Y ella apareció, aunque, por unos momentos, dudó de que aquel ser que se le acercaba fuese su hermana Lillith. Lillith entró ocultando su cuerpo con las hojas y ramas del árbol. Poco a poco se fue descubriendo mientras movía provocativamente sus caderas, tarareando una pegadiza canción. Se acercó a él bailando sensualmente. Adán la miraba, asustado. Ella lo rodeó lanzándole flores y pétalos sobre el cuerpo y se arrodilló para acariciarlo. Adán no entendía qué clase de danza era aquella, ni por qué había elegido Lillith aquellos gestos tan extraños para aparearse. Mientras Lillith seguía con su sensual danza, Adán no podía evitar ponerse más y más nervioso, empezar a temblar… Y decidir que sería él quien debía dominar la situación. La apartó de encima suyo. Ella lo miró desconcertada y confusa. La sujetó torpemente y se le puso encima cogiéndole de las muñecas para que no se resistiera. Lillith estaba asustada.

- Déjame a mí arriba, Lillith, tú eres la mujer.- Y dicho esto le abrió las piernas suavemente para penetrarle el sexo. Lillith se sintió humillada y le susurró que parara. Adán no le hizo caso. Ella empezaba a desesperarse e intentó desprenderse de sus fuertes manos, se sentía ofendida, totalmente ofendida. Adán estaba tranquilo, relajado, e intentaba calmarla con palabras suaves al oído. Lillith no aguantaba más y cada vez chillaba más fuerte. Escupió a Adán en la cara y éste paró en seco, dejándola escaparse como un pez que no quiere ser pescado. Ella se sentó delante suyo, horrorizada, con la respiración acelerada. Sus cabellos húmedos le tapaban la mitad de la cara, y su ojo al descubierto y asustado penetró el corazón de Adán.

A aquella noche de decepción y desconcierto la siguió una fuerte discusión entre Adán, Lillith y el Señor. Adán trató a su hermana de bruja, hereje, hechicera o algo peor. Y ella se defendió, tratando de explicar el porqué de sus bailes, de su visión del acto sexual, del acto amoroso, de los múltiples juegos de los que podrían gozar… La paz se rompió del todo entre Adán y Lillith. Él exigía sus derechos como hombre de dominar el acto, y ser él quien llevara el ritmo. Cuando Lillith quiso protestar, el Señor la hizo callar, dándole la razón a Adán, y pidiéndole (o, más bien, ordenándole) que cediera, por su condición de mujer.

Lillith se sintió impotente, decepcionada, hundida, y en un arranque incesable de lágrimas, terminó ahogándose en su miseria y desventura. Sus sentimientos eran cada vez más fuertes y sus ganas de huir crecieron desmesuradamente en su interior. Sentía una divinidad en su interior que la hacía capaz de arrancarse del miserable suelo para fundirse en el cielo. Su deseo creció y creció, sus pasiones se desataron y su espíritu cada vez era más y más ligero. Sintió una fuerza impresionante que le recorrió el cuerpo como un hormigueo y su poder fue aumentando. En un gran grito sordo de su corazón, su espalda se abrió dando paso a unas hermosas y grandes alas blancas. Eran auténticas y suaves, con un aspecto increíblemente vivo. Delante de tal visión Adán y el Señor quedaron asombrados por la magia. Lillith cerró los ojos para no ver nada más que su futuro. Sonrió, pues le gustaba lo que veía. Sus ideas se fundieron en su alma para convivir con sus deseos. Alzó los brazos y se lanzó a la nada para flotar. Y flotó, como una águila libre, indomable, digna. Y sus lágrimas de pena se convirtieron en lágrimas de alegría.

Durante toda la noche voló y voló, y observó toda la belleza que abandonaría en el Paraíso, y miró hacia el horizonte, hacia el infinito. El cielo estaba anaranjado y la luz del sol no la cegaba tanto como de costumbre. Sólo pensaba en huir para no volver, y siguió volando hasta que oscureció.

miércoles, septiembre 14, 2005

Mi leyenda de Lillith (Parte I: Colibrí)


Lillith fue creada del barro, con figura esbelta y sensual, morena y firme. Su cabello largo, de un rizo rebelde, y con un color oscuro, casi negro, le llegaba hasta más de media espalda. Tenía los ojos verdes, oscuros y muy brillantes, con una mirada profunda y vital. Sus labios eran carnosos, y todo su cuerpo un agradable y atrevido paisaje de montañas y valles, lleno de curvas.

A su vez fue creado Adán, también del barro. Adán tenía un cabello rubio, no demasiado largo, con graciosas ondas. Sus ojos eran de un azul cielo encantador, transparente, como espejos. Su rostro tenía unas facciones finas, hermosas, perfectas. Todo su cuerpo era firme y fuerte, y, a la vez, tiernamente cándido, afable y juvenil.

Adán y Lillith fueron creados por igual, con los mismos derechos y para convivir juntos en el Paraíso. Cubrían todo el terreno prados y valles ricos y hermosos,con bosques densos y frondosos llenos de un intenso aroma. Luciendo una extraordinaria belleza, se alzaba una gran variedad de vegetación con colores vivos. Las cascadas caían libres y fuertes y los riachuelos transportaban grandes cantidades agua pura.

La relación entre Adán y Lillith era relativamente buena, aunque algo distante. Lillith era una chica viva y alegre, que necesitaba sentirse libre e independiente constantemente. Le gustaba saltar y correr de un lado a otro por los campos, como un inquieto colibrí, subiendo y bajando las verdes colinas mientras sentía el viento nutrir su cuerpo y su alma. Adán era más tranquilo y dócil, más sedentario y tímido. Prefería inclinarse o tumbarse a un lado del arroyo y escuchar el sonido del agua y los peces. Paseaba tranquilo entre los árboles de los bosques y se sentaba a menudo observando toda aquella impresionante variedad de elementos. Podía pasarse un día entero observando y escuchando los murmullos de la naturaleza, solitario.


A Adán no le gustaba la noche, prefería dormir al lado de Lillith para no sentirse tan solo ni, para qué negarlo, cobarde. Lillith, en cambio, disfrutaba levantándose a media noche, mientras Adán dormía, para pasear entre las sombras y la oscuridad, respirando el aroma a mojado de la hierba y el musgo. Solía subir a la montaña más alta del Edén desde donde divisaba todos los valles y sierras. Se sentía poderosa en el pico más alto, rodeada de una cúpula brillante de estrellas dormidas. Tansólo escuchaba el silencio de la noche y los susurros sordos del viento que la tambaleaban suavemente mientras ella tendía los brazos con un ligero deseo de volar. Siempre tuvo una gran curiosidad por saber qué habría más allá del Paraíso. Las noches de luna llena se sentía extremadamente sensible, parecía que su corazón no fuera capaz de aguantar tanto placer en ese entorno.


Nota: Mi primera historia escrita con un poco de sentido común y encanto, hará unos tres o cuatro años :) La he retocado un poco, y como que es larguita la iré colgando por partes :)

Foto: Del videoclip "Mother Earth" de Within Temptation

miércoles, septiembre 07, 2005

Sacar el alma de la piedra

Sacar el alma de la piedra, a eso se dedicó Miguel Ángel, y a eso quiso dedicarse ella. Su trabajo no era pesado, duro ni desagradable, su trabajo era su descanso y su consuelo, su vida, era puro placer. Su nombre artístico era Pygmalia, y su musa, una muchacha que ella misma apodó, claro está, como Galatea. Ahora, sólo quedan los recuerdos en forma de barro y piedra.

La atracción por el arte le vino a Pygmalia desde pequeña, pero la atracción por el cuerpo femenino… eso era nuevo. Cuando conoció a Galatea, Pygmalia conocía ya a la perfección la teoría y la técnica de su arte, pero le faltaba inspiración, creatividad, le faltaban, en definitiva, las dotes que necesita todo buen artista. Y cuando Galatea se descubrió por primera vez en su estudio, mientras se recogía suavemente los cabellos para empezar a posar, un escalofrío recorrió el cuerpo de la artista. Había estudiado anatomía, había hecho miles de bocetos de cuerpos femeninos, conocía a la perfección los huesos y los músculos de las mujeres… pero, oh, Galatea.

Aún guarda hoy Pygmalia los bocetos de la primera vez que dibujó a Galatea. A pesar de haber sido una alumna excelente en la escuela de Bellas Artes, aquellos bocetos estaban hechos con un pulso tembloroso, inseguro, intimidado por el astro de belleza que iluminaba su estudio. Cuando finalmente tuvo suficientes esbozos y creyó conocer lo suficientemente bien el cuerpo de Galatea, Pygmalia empezó con su tarea de modelar su cuerpo. Preparó su receta mágica de tierra mojada con agua y así, de la nada, sólo con tierra y agua, empezó a preparar la que sería su primera escultura de Galatea.

Hoy, son incontables las esculturas que corren por todos sitios de Galatea. Galatea tumbada, Galatea pensativa, Galatea dormida, Galatea apoyada en sus rodillas, Galatea estirando los brazos, Galatea agarrándose de las caderas, Galatea cruzando las piernas, Galatea abriendo las piernas… Y todas y cada una de aquellas Galateas tenían el mismo rostro, la misma expresión inocente y soñadora.

¡Cuánto había disfrutado Pygmalia retratándola! Amasaba el barro dándole aquella forma de ninfa, resiguiendo una y otra vez la perfecta curva de su cintura, y marcando su espalda con esa suavidad y delicadeza que de ella brotaba. Tejía su largo cabello de sirena con una extrema minuciosidad, recogiéndoselo en una cola para mostrar su cuello de cisne que se unía a sus sensuales hombros; y a veces se lo soltaba, jugueteando con él, escondiendo partes de su espalda, partes de su pecho, partes de su cuello, para lograr sacar de ella su parte más erótica. Le encantaba reseguir con los dedos húmedos las piernas, una y otra vez, desde los pequeños pies con graciosos dedos, siguiendo toda su pierna, marcando y remarcando los redondeados muslos, para terminar insinuando el discreto vello del pubis. Lograba así un atrevido paisaje de jugosas colinas y misteriosos valles, e incluso aquel barro, aquella receta mágica de tierra con agua, parecía exhalar un intenso perfume a rosas mojadas.

Como si no tuviera suficiente, cuando Galatea se iba, Pygmalia seguía trabajando en la figura, detalle por detalle, con amor, con cariño, con una dedicación propia de un enamorado. A veces, incluso, copiaba la misma figura que ya había moldeado, y no se cansaba, amaba todas las posturas que hacía Galatea, o, tal vez, amaba a Galatea. Se le olvidaba comer, se le olvidaba dormir, y sus manos, sus ojos, su cabeza, su corazón, todos se dedicaban a la creación de otra Galatea de barro, de piedra, de mármol. Y cuando se daba cuenta de su cansancio, se descubría con las manos gastadas, húmedas del barro, o polvorientas del mármol. Si era de barro, mojaba la figura por última vez, dándole un brillo que sólo ella sabía ver, un brillo que aumentaba la belleza de la hermosa figura de Galatea.

Ahora se arrepiente, y mucho; no por haberla conocido, no por haberla estudiado, no por haberla dibujado, moldeado o esculpido. De lo único que se arrepiente es de haber compartido su secreto, su musa, su belleza, su diosa, con el resto del mundo. Si no hubiese mostrado nunca sus figuras de Galatea, si no hubiese dejado que los demás vieran a Galatea como ella la veía, con su mirada de artista, de enamorada, entonces, seguramente, Galatea no hubiera tenido tantos pretendientes, y no se la habrían robado, y no la habría perdido para siempre.

Ahora, quedan los sencillos bocetos de la que un día fue su musa colgados por las paredes, quedan sus silenciosas figuras de barro, y, también, consiguió, como Miguel Ángel, sacar el alma de algunas piedras, el alma que le parecía más valiosa de todas, el alma de Galatea.

Foto: El abandono, de Camille Claudel

domingo, septiembre 04, 2005

Yo soy SOCIALISTA


Ahora puedo decir, alto y claro, y en mayúsculas, que soy SOCIALISTA, socialista de marxista, de comunista, socialista como se entiende en sus orígenes, remontándonos a más de un siglo atrás. Soy socialista con todo lo que comporta, y lo digo, repito, alto y claro, segura. Ahora puedo estar orgullosa de mi ideología, dejar de esconderme, de susurrar bajito, para que no lo oiga nadie, que soy socialista. Ahora, por fin, puedo decir que no tengo nada de lo que avergonzarme, no tengo encima mío el peso de los prejuicios, de los insultos, de las caras sonrientes que creen que el marxismo ha muerto. Conozco la historia, aunque no entera, claro, nadie la conoce entera, pero hay dos versiones, y cada uno cree la más indicada. Y yo no voy a ser menos, no voy a relativizar. Yo soy socialista.

Acabo de leer La Madre, de Máximo Gorki, y he recordado, después de haberlo casi enterrado, cuál es la esencia de mi ideología, cuál es la base, y el por qué nació. Ser socialista no es ser un hombre con bigote que va matando gente, no es ser un vago quejica, ser socialista no es ni será nunca apoderarse de los bienes que a uno no le pertenecen. A eso han reducido el comunismo todas estas décadas de guerra fría, de dictadura franquista, de ataque subliminal de los mass media. Y el comunismo no es eso, no son tampoco “sueños de la juventud rebelde e ingenua, que con el tiempo se dará cuenta de que no se puede luchar contra el sistema”, no estamos locos, no somos dogmáticos, no somos utópicos, no somos Quijotes luchando contra molinos que creemos gigantes… más bien es que los gigantes se nos disfrazan de molinos.

Por esta novela (La Madre) desfila un amplio abanico de personajes, algunos héroes, otros no tan héroes, otros más cobardes… Pero todos luchaban por la causa, por la verdad, por la igualdad, por la libertad, por el socialismo (palabra que aparece poquísimas veces en toda la novela, por cierto). Son personajes dignos, hasta el mismo momento de su muerte, seguros, convencidos de su razón, de su causa, luchadores valientes, hasta el fin, que siguen gritando y soltando discursos mientras les pegan, mientras les gruñen, mientras tratan de hacerlos callar… Me recuerdo leyendo los últimos capítulos del libro, cuando Pavel Vlasov pronuncia su discurso, ante los tribunales, yo en medio de la montaña, y el sol poniéndose a lo lejos, casi sin luz, pero la vista y el corazón palpitante me incitaban a seguir leyendo, porque lo entendía, me identificaba, porque me tocaba, qué sé yo, la moral, el espíritu, el corazón, la conciencia, el alma, lo que sea que tengamos dentro que nos hace temblar las extremidades y asentir con energía, ojos húmedos y una gloriosa sonrisa.

Porque, sobretodo, en esta novela se respira humanidad, fraternidad, camaradería. Porque, al fin y al cabo, desnudémonos de prejuicios, ¿qué es el socialismo? ¿Qué quiere? ¿Qué pretende? ¿A quién beneficia? Quiere el bien de la humanidad, no de unos cuantos, sino de todos, quiere crear seres libres, vidas dignas, quiere eliminar las diferencias de clase, la propiedad privada, y todo lo que estas diferencias y las propiedades comportan, como la codicia, la avaricia, el odio, la guerra. No pretende crear enemigos, sino que seamos todos amigos, hermanos. ¿Conocen, acaso, un mensaje más humano, más puro, más leal?

No me importa lo que diga la historia, el noticiario, los gusanos, las películas yankees, no me importa, yo creo, y creeré siempre: el socialismo es humanismo, digan lo que digan.