La ramita de Colibrí Lillith

"Sé tú mismo sin avergonzarte jamas de tus debilidades, ni de tus limitaciones, ni de tu origen, ni de tus capacidades. Sé transparente compartiendo con los demás tu yo profundo, tu rostro interior, tu vida genuina. Transparentar es ser lo más plenamente posible uno mismo ante la mirada del otro, sin máscaras." (El Club de los Poetas Muertos)

miércoles, agosto 31, 2005

Momento de Plenitud

Era una de esas tranquilas tardes de primavera en las que parece que el tiempo no corre. Atardecía y los rayos de sol empezaban a debilitarse, proporcionando un frescor limpio, y esos colores suaves y cálidos en el cielo. Las nubes eran blanquísimas, pura nieve inmaculada, esponjosas, como enormes trozos de algodón hechos de nata. Algún que otro castillo abandonado había en esas montañas que les rodeaban, montañas pobladas de arbustos, bosques, de campos llenos de altas hierbas, y, quién sabe, puede que de alguna bonita y triste historia de amor, de algún pequeño duendecillo... No importa, ahora sólo importaban ellos dos: Aloe y Lavanda.

A lo lejos, las nubes de algodón acariciaban la silueta de las montañas, a lo lejos. Desde la cima de la montaña sentíanse poderosos frente a las valles, e insignificantes ante la grandeza de la enorme cúpula azul del cielo que les rodeaba. Silencioso, Aloe apoyaba su cabeza en la falda de Lavanda, mientras ella, cariñosa, acariciaba sus cabellos observando el paisaje. Oían, sin quererlo, su respirar, y respiraban, sin darse cuenta, suspiros de amor. Parecía que en un acto de dulce armonía la naturaleza había cedido por actuar al mismo ritmo que los enamorados, suave, tranquila, lenta, feliz. Eran ellos el centro de tanta calma, de tan completo paisaje. Cantaba la brisa, mientras las largas hierbas de los campos bailaban al ritmo de su música. Mmh, así, suave, suave, tranquilo… Sólo existían ellos, y, frente a ellos, el mágico poder de la naturaleza, la ocasión de sentirse dichosos, poderosos, salvajes, libres… frente a toda esa belleza tan instintivamente relajante.

Entonces, Aloe, con los sentidos y el corazón plenos, miró a Lavanda, y, con una voz temerosa de romper el hechizo del momento, dijo “Cuando muera, quiero que sea así, en este estado de plenitud, de felicidad, sólo contigo, y sólo con todo.”

PD: Sigo experimentando, necesito críticas (a poder ser) constructivas, opiniones, comentarios... Sed sinceros : )

lunes, agosto 29, 2005

Deseada Soledad

Jorge era un chico muy querido y respetado por todos, una de esas personas que tiene la suerte de caer bien, de tener amigos y gente que desee estar con él. Siempre había alguien detrás de Jorge, para dar una vuelta, para charlar… como un imán que atrae a todo el mundo. Lo que para muchos hubiera sido una ocasión para sentirse afortunado, para Jorge empezaba a ser una pesadilla. Sentía siempre que tenía una segunda sombra, una vocecita contándole su vida, pidiéndole la opinión, riéndole chistes, contándole chistes… voces, sonidos, compañías, siempre alguien, siempre alguien. Y se hartó. Necesitaba tiempo para él, para sí mismo, para estar solo. Así que empezó a utilizar el “no”, y como mucha gente irresponsable, empezó a abusar de este término. Se hartó de verse con gente, de hablar, de escuchar, de ver, de dejarse ver… Todo le hartó. Y así, sin más, se encerró en su cuarto. Él con su soledad, por fin, su tan deseada soledad.

No se pudo calcular cuánto tiempo pasó Jorge en su cuarto, si días, si semanas, si meses, algunos cuentan, incluso, años. Lo cierto es que los primeros días se le echó mucho de menos, y él no echó de menos a nadie. Se dedicó a sus cosas, o eso dicen. Por fin había encontrado un sitio en el que estuviera tranquilo, solo, sin compañías, sin nadie que le molestara. Pudo al fin ponerse cómodo y estar a punto sólo para él mismo. En la penumbra de su cuarto se sentía seguro y protegido, acompañado solamente de su más grata compañía: su soledad. Aprovechó para leer tranquilamente, para dibujar, para tocar la guitarra, para escuchar más música, memorizar canciones, cantarlas otra vez, leer más, ver películas, jugar al ordenador, pensar, imaginar, crear… Y así fue pasando el tiempo. Finalmente, como suele pasar con la gente que pasa demasiado tiempo consigo misma, acabó hartándose.


Decidió salir de su cuarto después de tanto tiempo, tiempo que nadie se había molestado en calcular. Quizá fue por eso que nadie le reconoció, ni sus amigos, ni su familia, ni su novia, ni sus compañeros… nadie. Buscó desesperado a todos sus conocidos, presentándose, saludando… a lo que todos respondían “¿Jorge? Murió ya hace tiempo”. Entonces, Jorge, por primera vez, tuvo la sensación de estar solo, completamente, la más pura e indeseada soledad. No sólo quería estar con gente que ni siquiera le reconocía, sino que había dejado de existir en la memoria de todo el mundo, o, sencillamente, había dejado de existir. Cuentan que huyó, y que no se volvió a saber nada más de él, o tal vez sí, quien sabe, nadie le reconocía. Fuera lo que fuese, Jorge aprendió una gran lección: la soledad no sirve de nada si no se tiene a nadie a quien contársela. Aunque, como suele pasar, la aprendió demasiado tarde.


PD: Pido perdón por la tardanza, estoy experimentando, probando, explorando... Y no acaba de contentarme nada, espero no decepcionar a nadie :)

viernes, agosto 19, 2005

Patas de gallo

Suena el despertador como cada mañana, con un desagradable estruendo, abriendo una alcantarilla por la que se escapan los sueños. Son las siete. Encarna se revuelve por la cama pidiendo esos cinco minutos más de cada mañana. Finalmente se levanta, con el pelo revuelto y los ojos medio cerrados (pero no medio abiertos). Con el peso de los años y el cansancio del trabajo, Encarna se dirige hacia el baño. Al observarse en el espejo, maldice su aspecto, y se lava con la esperanza de limpiar su rostro.

Como cada mañana, escoge la ropa indecisa. Trata de disimular sus pechos pesados y de esconder la carne colgante del antebrazo. Las varices de las piernas también son demasiado visibles, así como la celulitis y las arrugas del cuello. No consigue estar cómoda. Allí está ella, con sus carnes, su piel, sus años… que no saldrán de encima suyo, que, más bien, se acentuarán con el tiempo. Vuelve a mirar de reojo el folleto de cirugía estética que dejó hace tiempo en su mesilla. Cuántas conocidas, compañeras, incluso familiares y amigas, habían terminado por hartarse y hacerse una operación. Encarna vuelve a observarse, y esta vez aparta rápido la vista para no darse más pena aún.


Llegó la hora del maquillaje. Cada día gasta más. Recorre con el colorete todos los rincones de su piel para disimular las arrugas, tiñéndose de un moreno que no ha podido conseguir yendo a la playa. Trata de arrancarse los años con sus polvos y sus mil cajitas mágicas que guardan secretas recetas para verse cómo debe verse, cómo los demás quieren verla. Borra de su rostro las huellas que marcan su experiencia y su madurez, el pedazo de vida vivida. Deshace las huellas marcadas por los años y el tiempo, y esconde su verdadera edad tras una máscara artificial. Pero hay una parte que se le resiste. Las patas de gallo, siempre las malditas patas de gallo. Pasó su infancia riendo, su juventud conquistando con su sonrisa, sus siguientes treinta años siguió sonriendo a la vida y riendo sana y libremente a cualquier cosa que le hiciera gracia. Siempre fue una chica risueña, siempre. Todos la recuerdan así, Encarna la Risueña. Pero tanto reír dejaba sus consecuencias en forma de arrugas, de patas de gallo, concretamente. Seguía teniendo razones para reír, aunque tal vez no tantas, y seguía queriendo reír, pero no debía. Evitaba sonreír para que no se acentuaran más esas odiosas patas de gallo…La marca de la felicidad en su cara, el símbolo de una vida dichosa y alegre, se convertía ahora en una pesadilla.


Antes de salir de casa, coge el folleto de cirugía estética y se lo guarda en el bolso, tímida. Sale a la calle una Encarna de plástico, escondida tras mil polvos y ropas que ocultan su verdadera apariencia. Quizá el disfraz la ayudará a sentirse más integrada con sus compañeras, sus amigas, su familia… con el resto de la sociedad que, a su vez, también han estado maquillándose esta mañana para gustar a los demás.

Toma, escribe, para que no lo borre el viento


Tiempo ha que rondaba por mi cabeza la idea de tener un rinconcito para mí, para mis cosas, para mis ideas y mis reflexiones, para ordenar todo lo que se me pasa por la cabeza y por el corazón. Así, un cajoncito, un pequeño mundo mío, un nido por el que me visite quien quiera y se quede quien lo desee. Quisiera saber cantar y encantar con mis palabras, para descubrir, para descubriros, para descubrirme. Las ideas vuelan como las palabras, y se borran, y parece que no hayan existido jamás. Por eso quiero que mis palabras pesen y dejen huella, que marquen de vez en cuando algún vacío de nuestra vida... Por eso tomo este blog, y ocupo una ramita, me construyo un nido, y escribo, para que mis ideas no las borre el viento, ni el tiempo.

Les dejo con un texto de Neruda, tan delicioso que querrán devorar una y otra vez:

"... Todo lo que usted quiera, sí señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan... Me prosterno ante ellas... Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito... Amo tanto las palabras... Las inesperadas... Las que glotonamente se esperan, se acechan, hasta que de pronto caen... Vocablos amados... Brillan como piedras de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío... Persigo algunas palabras... Son tan hermosas que las quiero poner todas en mi poema... Las agarro al vuelo, cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo junto al plato, las siento cristalinas, vibrantes, ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas... y entonces las revuelvo, las agito, me las bebo, me las zampo, las trituro, las emperejilo, las liberto... Las dejo como estalactitas en mi poema, como pedacitos de madera bruñida, como carbón, como restos de naufragio, regalos de la ola... Todo está en la palabra. Una idea entera se cambia porque una palabra se trasladó de sitio, o porque otra se sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba y que le obedeció... Tienen sombra, transparencia, peso, plumas, pelos, tienen todo lo que se les fue agregando de tanto rodar por el río, de tanto transmigrar de patria, de tanto ser raíces... Son antiquísimas y recientísimas... Viven en el féretro escondido y en la flor apenas comenzada... Qué buen idioma el mío, qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvos... Éstos andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas, buscanso patatas, butifarras, frijolitos, tabaco negro, oro, maíz, huevos fritos, con aquel apetito voraz que nunca más se ha visto en el mundo... Todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, idolatrias iguales a las que ellos traían en sus grandes bolsas... Por donde pasaban quedaba arrasada la tierra... Pero a los bárbaros se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes... el idioma. Salimos perdiendo... Salimos ganando... Se llevaron el oro y nos dejaron el oro... Se lo llevaron todo y nos dejaron todo... Nos dejaron las palabras."